Hoy recordé que no te amaba
Y resulta que te amo
Te amo con el recuerdo de ayer
La indiferencia de hoy
Te amo sin que me importes
Puedes morirte, puedes
Igual te amo
Te amo y amo a otra mujer
Es una turca que vende flores en Central Park
A la que sí amo
Es la que está presente en mis ojos
Y duerme boca abajo para que bese su espalda
Sabe de mis insomnios y me pone oficio
Acaricio su lomo
Y me acuerdo de ti y te amo
Estás muerta, ya lo sé.
Yerta.
Pero te amo
Amo de ti un instante
Una hora talvés
Ocho días, quizás
Lo hice un mes completo
Y te amo por una canción
Porque tuve un sueño
Y amo simplemente mi recuerdo
De ti
De ese instante
Pero no amo la que ha sido
En otras noches
En esas noches he amado a la que hoy amo
Al alcance de mis manos
La que escucha divertida mis chillidos
Soñolienta se hace cómplice de mis gemires
Se alborota con imágenes que mi frenesí detalla en su oído
Mas la asustan mis aullidos
los que imita en la mañana a la hora de las tortas
y del treno cotidiano
De lobo marullero me disfrazo,
la conquisto, la enamoro por septuagésima vez
soy su quintaesencia
extornuda en mis fosas nasales
sobre mis dientes, yo me río
adoro y sorbo sus mocos
sobre ella encimado, soy pasajero
En sus pechos de granada ensimismado
ignoro el noticiero, me le ofrezco en cueros
Y no amo lo que fuiste/ la de años hace...
Y no te extraño
Si volvieras frente a mí, yo sería un gato criminal
Apenas amo aquel instante
Un recodo del romance que tuvimos
que fuiste virgen de alma, un lago tibio y sereno
una diosa y una rosa, un riachuelo
Aquel puñado de besos en tu boca
Aquel beso tan sagrado en tu pubis depilado
Aquel gemido tuyo auténtico, casi hierático
No fingido, ni forzado, ronco, salivoso, limpio
Tú, minina putona y yo el gato que te lamía
y casi te insuflo el milagro de la vida/ durante aquel desmadre
en el baño en cuatro patas, gata;
y te canté el Angelus y
una canción de Frank Sinatra
Fuiste buscona, me gustabas
En ti incrustado yo roncaba y te babeaba
Y tu boca de granate y de granada fue mi fuente
Dulce bebedero
Y tus ojos se nublaron
Y tus piernas me apretaron
Y soltaste aquel te amo tan intenso
Tan sentido
Era tu corazón dolido
Quebrantado de su escarcha de abandono
Algo en ti nació en ese instante
Y yo te amé y accedí el nirvana
Que efluvian el fuego y la luz
La simbiosis del infierno y del cielo
Hoy te amo,
Mas es la acción fugaz del pérfido (no mórbido) recuento
De lo vivido/ Lo que he sido
Esa ranura que dimana las babas del recuerdo
Mi mano se desliza por la espalda tersa
Hasta siento en mis relieves papilares las pecas de la turca
La que duerme como angel o lirón, no sé
Lo tuyo es simple traspiés del insomnio
Mas estoy a punto de quedarme dormido
Ahora que la turca registra con su mano de medusa
Aquel lugar adorado por tu lengua, por tus labios.
Y gozabas. Hoy estás muerta.
Ni cadáver eres, te cremaron
Te mataron
Por tu vicio
Coleccionista de péndulos
Mala racha aquella noche de tu caída
"Dímelo": ¿Tú me amaste?
Ocho días no dan para tanto
Aunque el amor es un instante
y es pérfido y es mórbido
La turca adivina pensamientos
Mejor me callo
No te pienso.
domingo, 9 de noviembre de 2008
domingo, 2 de noviembre de 2008
EN AIOI AQUELLA VEZ
YAKULITA
La japonesa con la que nunca supe si con ella tengo un hijo
No recuerdo el día que llegué a Japón. Ni el mes. ¿El año?... Creo que 1,980. Sí, sí. Fue ese el año. El barco Hawaiian Sun, de bandera liberiana, capital griego y tripulación de al menos ocho países distintos fondeó en el dique seco para reparación en el puerto de Aioi. Allí estaríamos tres meses.
Mi trabajo como asistente del administrador —Theodoro en la mañana y Charly por la noche— consistía en bajar hasta el almacén de provisiones y al frigorífico y, lista en mano, seleccionar cuanto necesitaba el cocinero el día siguiente para preparar tres comidas a 40 trabajadores de máquinas y cubiertas; el capitán Iannis, su esposa, el primer ingeniero y el jefe de cubierta. Theodoro se preparaba su propia comida, para no subir de peso y tener buenas relaciones con el sanitario.
Fondeados en puerto el trabajo era menos intenso que durante los veinte o más días de viaje —de ida o regreso desde Honolulu al fondeadero frente a las costas de Indonesia o Malasia, donde regularmente los buques de esta empresa llenan su panza kilométrica con el crudo de tan pobres países—, porque el personal trabajaba poco y estaba casi siempre afuera, algunos hasta aventuraban el viaje a Tokio, de compras o a divertirse en los bares llenos de mujeres latinas y de otros países asiáticos. Abundaban las colombianas, costarricenses, dominicanas, filipinas y tailandesas. Sólo fui dos veces a Yokohama y cinco a Kobe. Nunca a Tokio. Sobre todo desde que conocí a Yakulita en un bar de Aioi.
Yakulita residía en Himeji, una ciudad cerca a Aioi a 10 minutos de distancia en el Tren Bala. Al bar lo llamábamos “La Pulga Erótica”. Así lo bautizó Pindanga, uno de los tripulantes colombianos. Eramos nueve, incluyendo a mi hermano Eduardo. Un Harold de Medellín; otro de Cali. El calvo Carlos. El gordo Ricardo. El bogotano Raúl, a quien muchos años después lo encontraría frente a un vaso de aguardiente en un bar versión latina de “La Pulga Erótica” en Northern Boulevard (condado de Queens, New York). Había otros dos colombianos cuyos nombres no recuerdo. Uno de Medellín y otro de Cali. Ambos con muchos años en el mar, el el oceaano Pacífico, para ser más exacto, en diferentes barcos de la misma compañía. Pindanga es (si no se ha muerto, porque era enclenque y enfermizo) de Magangué, una ciudad con puerto fluvial en la Costa Caribe Colombiana.
La tarde que Yakulita y yo nos conocimos ella charlaba con el capitán Iannis, sentado a su derecha, al otro lado estaba Charly hablando con el chico marroquí asistente de Lola, la bartender de Okinawa.
Cuando entré todos me miraron. Me había vestido con un atuendo tipo Wyatt Earp el legendario sheriff de Tombstone. Ni Iannis ni Charly me reconocieron, y como los demás clientes del bar, se incomodaron un poco; algunos japoneses se rieron divertidos: yo llevaba una pajilla en los labios que movía a uno y otro lado, los miré a todos de manera siniestra, desenfundé el revólver de juguete disparé dos veces al aire, las tiritos de salva, soplé el cañón de mi Colt 45, me quité el sombrero, me senté en una silla junto a la barra, pedí un whisky, me lo tomé de un tirón. Pedí otro. Pagué, y me relajé. O sea, puse la cara cotidiana, la de mis momentos de relajo con mis paisanos — desocupados todos del trabajo diario— y “mamando gallo” en la cabina de Harold el caleño.
Yakulita vino a sentarse junto a mí y me dijo:
“Hi, sheriff. You look so nice and so sexy. I love it!
“Domo Arigató”, le contesté.
Se carcajeó. Me miró los ojos con intensidad, los suyos le brillaron, entreabrió los labios, chasqueó los dedos, la bartander dijo “Yes?”. Yakulita pidió una gin-and-tonic. Cuando se la sirvieron pagó, sorbió el trago lo retuvo en la boca, me agarró por los cachetes, me atrajo hacia ella, pegó sus labios a los míos, pasó el licor a mi boca, me hizo tragar, intensificó el beso y…
“¡Plinio: regresa ya mismo al barco!”, me ordenó Iannis. Lo gritó a todo pulmón.
Me desprendí de Yakulita, miré al capitán Iannis, quien lucía colérico. Charly, por el contrario me miraba divertido. Me puse el sombrero, miré a Yakulita en señal de despedida, quien con su mano derecha de 28 años acarició mi cachete izquierdo de 27; antes de salir observé de reojo a Iannis, temeroso de sus represalias y por último a Yakulita, con la con la certeza de que casi casi, ya tenía una novia japonesa en el Puerto de Aioi y en el bar “La Pulga Erótica.
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Próxima: De Barranquilla a Honolulu, huyendo de una flaca del Valle de Upar
La japonesa con la que nunca supe si con ella tengo un hijo
No recuerdo el día que llegué a Japón. Ni el mes. ¿El año?... Creo que 1,980. Sí, sí. Fue ese el año. El barco Hawaiian Sun, de bandera liberiana, capital griego y tripulación de al menos ocho países distintos fondeó en el dique seco para reparación en el puerto de Aioi. Allí estaríamos tres meses.
Mi trabajo como asistente del administrador —Theodoro en la mañana y Charly por la noche— consistía en bajar hasta el almacén de provisiones y al frigorífico y, lista en mano, seleccionar cuanto necesitaba el cocinero el día siguiente para preparar tres comidas a 40 trabajadores de máquinas y cubiertas; el capitán Iannis, su esposa, el primer ingeniero y el jefe de cubierta. Theodoro se preparaba su propia comida, para no subir de peso y tener buenas relaciones con el sanitario.
Fondeados en puerto el trabajo era menos intenso que durante los veinte o más días de viaje —de ida o regreso desde Honolulu al fondeadero frente a las costas de Indonesia o Malasia, donde regularmente los buques de esta empresa llenan su panza kilométrica con el crudo de tan pobres países—, porque el personal trabajaba poco y estaba casi siempre afuera, algunos hasta aventuraban el viaje a Tokio, de compras o a divertirse en los bares llenos de mujeres latinas y de otros países asiáticos. Abundaban las colombianas, costarricenses, dominicanas, filipinas y tailandesas. Sólo fui dos veces a Yokohama y cinco a Kobe. Nunca a Tokio. Sobre todo desde que conocí a Yakulita en un bar de Aioi.
Yakulita residía en Himeji, una ciudad cerca a Aioi a 10 minutos de distancia en el Tren Bala. Al bar lo llamábamos “La Pulga Erótica”. Así lo bautizó Pindanga, uno de los tripulantes colombianos. Eramos nueve, incluyendo a mi hermano Eduardo. Un Harold de Medellín; otro de Cali. El calvo Carlos. El gordo Ricardo. El bogotano Raúl, a quien muchos años después lo encontraría frente a un vaso de aguardiente en un bar versión latina de “La Pulga Erótica” en Northern Boulevard (condado de Queens, New York). Había otros dos colombianos cuyos nombres no recuerdo. Uno de Medellín y otro de Cali. Ambos con muchos años en el mar, el el oceaano Pacífico, para ser más exacto, en diferentes barcos de la misma compañía. Pindanga es (si no se ha muerto, porque era enclenque y enfermizo) de Magangué, una ciudad con puerto fluvial en la Costa Caribe Colombiana.
La tarde que Yakulita y yo nos conocimos ella charlaba con el capitán Iannis, sentado a su derecha, al otro lado estaba Charly hablando con el chico marroquí asistente de Lola, la bartender de Okinawa.
Cuando entré todos me miraron. Me había vestido con un atuendo tipo Wyatt Earp el legendario sheriff de Tombstone. Ni Iannis ni Charly me reconocieron, y como los demás clientes del bar, se incomodaron un poco; algunos japoneses se rieron divertidos: yo llevaba una pajilla en los labios que movía a uno y otro lado, los miré a todos de manera siniestra, desenfundé el revólver de juguete disparé dos veces al aire, las tiritos de salva, soplé el cañón de mi Colt 45, me quité el sombrero, me senté en una silla junto a la barra, pedí un whisky, me lo tomé de un tirón. Pedí otro. Pagué, y me relajé. O sea, puse la cara cotidiana, la de mis momentos de relajo con mis paisanos — desocupados todos del trabajo diario— y “mamando gallo” en la cabina de Harold el caleño.
Yakulita vino a sentarse junto a mí y me dijo:
“Hi, sheriff. You look so nice and so sexy. I love it!
“Domo Arigató”, le contesté.
Se carcajeó. Me miró los ojos con intensidad, los suyos le brillaron, entreabrió los labios, chasqueó los dedos, la bartander dijo “Yes?”. Yakulita pidió una gin-and-tonic. Cuando se la sirvieron pagó, sorbió el trago lo retuvo en la boca, me agarró por los cachetes, me atrajo hacia ella, pegó sus labios a los míos, pasó el licor a mi boca, me hizo tragar, intensificó el beso y…
“¡Plinio: regresa ya mismo al barco!”, me ordenó Iannis. Lo gritó a todo pulmón.
Me desprendí de Yakulita, miré al capitán Iannis, quien lucía colérico. Charly, por el contrario me miraba divertido. Me puse el sombrero, miré a Yakulita en señal de despedida, quien con su mano derecha de 28 años acarició mi cachete izquierdo de 27; antes de salir observé de reojo a Iannis, temeroso de sus represalias y por último a Yakulita, con la con la certeza de que casi casi, ya tenía una novia japonesa en el Puerto de Aioi y en el bar “La Pulga Erótica.
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Próxima: De Barranquilla a Honolulu, huyendo de una flaca del Valle de Upar
PAJAROS
Vuelos II
Pájaro en devenir de nidos
Zigzaguea espejeando la pleamar
El viento y las nubes
Bosque perfecto
Oquedades granate me esconden
Río a carcajadas ante la necedad humana
La que imitara aquella pájara
Aturdida de saudades
Buscando el plan maestro
Para explicarse la vida
Plumas mustias en alas mal tratadas
Señalan que los años pasan
Quintaesencia de mi canto es mi silencio
La cúpula me regala el avistamiento del mundo
Pequeño es el norte y diminuto el sur
Las cuatro estaciones lustran mis plumas
Hoy emprendo vuelo vestido de cardenal
En mi maleta va también mi ajuar de zenzontle
Una boda me espera
En el bosque tupido en un recodo del sur
El sol alborota pájaras
Las hay de bajo pedigree y mucho realengo
Metro humano para medir sus artificios
También llevo mi atuendo de mirlo
Mirlas abundan en las copas de los cedros
En ese bosque adyacente al guitarrero llano
“Soy pájaro que piensa
Para pensar en ti”, dije aquella vez a aquella pájara
La pájara se divertía en un “party” con gorriones,
Colibríes, turpiales, cucaracheros, canarios, aguilichos,
Gavilanes, palomos, tucanes y pájaros carpinteros.
Ella era la única pájara.
Fue que hubo un sueño. Sueño de pájaros.
De pájaro y pájara para ser más exactos.
Un afán para ver accionar al viento
Redujo aquel ingenuo anhelo a su mínima posibilidad
Finalmente lo difuminó
El pájaro cambió de ojos
La pájara unicamente algunas plumas
La ansiedad agazapada tras su sonrisa
Sigue siendo la misma
Pájaro en devenir de nidos
Zigzaguea espejeando la pleamar
El viento y las nubes
Bosque perfecto
Oquedades granate me esconden
Río a carcajadas ante la necedad humana
La que imitara aquella pájara
Aturdida de saudades
Buscando el plan maestro
Para explicarse la vida
Plumas mustias en alas mal tratadas
Señalan que los años pasan
Quintaesencia de mi canto es mi silencio
La cúpula me regala el avistamiento del mundo
Pequeño es el norte y diminuto el sur
Las cuatro estaciones lustran mis plumas
Hoy emprendo vuelo vestido de cardenal
En mi maleta va también mi ajuar de zenzontle
Una boda me espera
En el bosque tupido en un recodo del sur
El sol alborota pájaras
Las hay de bajo pedigree y mucho realengo
Metro humano para medir sus artificios
También llevo mi atuendo de mirlo
Mirlas abundan en las copas de los cedros
En ese bosque adyacente al guitarrero llano
“Soy pájaro que piensa
Para pensar en ti”, dije aquella vez a aquella pájara
La pájara se divertía en un “party” con gorriones,
Colibríes, turpiales, cucaracheros, canarios, aguilichos,
Gavilanes, palomos, tucanes y pájaros carpinteros.
Ella era la única pájara.
Fue que hubo un sueño. Sueño de pájaros.
De pájaro y pájara para ser más exactos.
Un afán para ver accionar al viento
Redujo aquel ingenuo anhelo a su mínima posibilidad
Finalmente lo difuminó
El pájaro cambió de ojos
La pájara unicamente algunas plumas
La ansiedad agazapada tras su sonrisa
Sigue siendo la misma
sábado, 1 de noviembre de 2008
Pájaros
Vuelos
El mar que nos separa se ha expandido
pero el sol nos alumbra a igual hora
mis trinos señalan el sendero del regreso
la bifurcación frente a mí
erupciona saudades
mas debo elegir entre pasado y presente
y mis alas planean
raudas
la fresquísima certeza del futuro
Desplumada te he visto pájara
y como ausente
aquella alegría que era tu canto
Oh cuánto me alarma
el brillo obnubilante de tus triunfos
esa colección de nidos
de rama en rama
por frondas de fugaz verdor
y breñales en pleno azote del verano
Tu canto de hoy pájara
no es gemido gutural que asuste
como la enunciación de algún mal sueño
y lo celebro
hay sí gorjeos
como tañidos de una campana rota
como si hubieses perdido la gracia del sol
en tu antaño canto iluminado
Canto y no te canto, pájara;
sin que haya pájara yo canto
pájaro libre soy
los vientos que me acunan
han sido tejidos con hilar áureo
un bien ganado por la gracia de la espera
Pájaros sabios entonan su canto general
y la noche nicho de estrellas
pacifica el tremor relente del dolor
si se ha ido la pájara
El mar que nos separa se ha expandido
pero el sol nos alumbra a igual hora
mis trinos señalan el sendero del regreso
la bifurcación frente a mí
erupciona saudades
mas debo elegir entre pasado y presente
y mis alas planean
raudas
la fresquísima certeza del futuro
Desplumada te he visto pájara
y como ausente
aquella alegría que era tu canto
Oh cuánto me alarma
el brillo obnubilante de tus triunfos
esa colección de nidos
de rama en rama
por frondas de fugaz verdor
y breñales en pleno azote del verano
Tu canto de hoy pájara
no es gemido gutural que asuste
como la enunciación de algún mal sueño
y lo celebro
hay sí gorjeos
como tañidos de una campana rota
como si hubieses perdido la gracia del sol
en tu antaño canto iluminado
Canto y no te canto, pájara;
sin que haya pájara yo canto
pájaro libre soy
los vientos que me acunan
han sido tejidos con hilar áureo
un bien ganado por la gracia de la espera
Pájaros sabios entonan su canto general
y la noche nicho de estrellas
pacifica el tremor relente del dolor
si se ha ido la pájara
domingo, 30 de marzo de 2008
Tus ojos en el agua
He caminado por las orillas de tu recuerdo
Buscando sombras de sueños sin memoria
Perros de presa ladran en mi corazón
Al recordarte
No es usual que mire tus ojos en el agua
Cuando charcos atraviesan mis zapatos
En estos días de lluvia mesurada
He mirado tus pupilas en la luna
El hilo de las horas teje mi memoria cuando miro el cielo
Aquel cielo agreste transformado
En valle de fulgor turquesa donde se refugiaban nuestros sueños
Era el hechizo del amor bebiéndonos
Aquella vez, que nos amamos
Y de lo que hoy te acuerdas, y yo también
...Tú allá y yo acá
Viviendo lo que hoy somos:
La negación irreductible de lo que un día quisimos.
Poema de Plinio Garrido
Derechos reservados Marzo 30/2008
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