YAKULITA
La japonesa con la que nunca supe si con ella tengo un hijo
No recuerdo el día que llegué a Japón. Ni el mes. ¿El año?... Creo que 1,980. Sí, sí. Fue ese el año. El barco Hawaiian Sun, de bandera liberiana, capital griego y tripulación de al menos ocho países distintos fondeó en el dique seco para reparación en el puerto de Aioi. Allí estaríamos tres meses.
Mi trabajo como asistente del administrador —Theodoro en la mañana y Charly por la noche— consistía en bajar hasta el almacén de provisiones y al frigorífico y, lista en mano, seleccionar cuanto necesitaba el cocinero el día siguiente para preparar tres comidas a 40 trabajadores de máquinas y cubiertas; el capitán Iannis, su esposa, el primer ingeniero y el jefe de cubierta. Theodoro se preparaba su propia comida, para no subir de peso y tener buenas relaciones con el sanitario.
Fondeados en puerto el trabajo era menos intenso que durante los veinte o más días de viaje —de ida o regreso desde Honolulu al fondeadero frente a las costas de Indonesia o Malasia, donde regularmente los buques de esta empresa llenan su panza kilométrica con el crudo de tan pobres países—, porque el personal trabajaba poco y estaba casi siempre afuera, algunos hasta aventuraban el viaje a Tokio, de compras o a divertirse en los bares llenos de mujeres latinas y de otros países asiáticos. Abundaban las colombianas, costarricenses, dominicanas, filipinas y tailandesas. Sólo fui dos veces a Yokohama y cinco a Kobe. Nunca a Tokio. Sobre todo desde que conocí a Yakulita en un bar de Aioi.
Yakulita residía en Himeji, una ciudad cerca a Aioi a 10 minutos de distancia en el Tren Bala. Al bar lo llamábamos “La Pulga Erótica”. Así lo bautizó Pindanga, uno de los tripulantes colombianos. Eramos nueve, incluyendo a mi hermano Eduardo. Un Harold de Medellín; otro de Cali. El calvo Carlos. El gordo Ricardo. El bogotano Raúl, a quien muchos años después lo encontraría frente a un vaso de aguardiente en un bar versión latina de “La Pulga Erótica” en Northern Boulevard (condado de Queens, New York). Había otros dos colombianos cuyos nombres no recuerdo. Uno de Medellín y otro de Cali. Ambos con muchos años en el mar, el el oceaano Pacífico, para ser más exacto, en diferentes barcos de la misma compañía. Pindanga es (si no se ha muerto, porque era enclenque y enfermizo) de Magangué, una ciudad con puerto fluvial en la Costa Caribe Colombiana.
La tarde que Yakulita y yo nos conocimos ella charlaba con el capitán Iannis, sentado a su derecha, al otro lado estaba Charly hablando con el chico marroquí asistente de Lola, la bartender de Okinawa.
Cuando entré todos me miraron. Me había vestido con un atuendo tipo Wyatt Earp el legendario sheriff de Tombstone. Ni Iannis ni Charly me reconocieron, y como los demás clientes del bar, se incomodaron un poco; algunos japoneses se rieron divertidos: yo llevaba una pajilla en los labios que movía a uno y otro lado, los miré a todos de manera siniestra, desenfundé el revólver de juguete disparé dos veces al aire, las tiritos de salva, soplé el cañón de mi Colt 45, me quité el sombrero, me senté en una silla junto a la barra, pedí un whisky, me lo tomé de un tirón. Pedí otro. Pagué, y me relajé. O sea, puse la cara cotidiana, la de mis momentos de relajo con mis paisanos — desocupados todos del trabajo diario— y “mamando gallo” en la cabina de Harold el caleño.
Yakulita vino a sentarse junto a mí y me dijo:
“Hi, sheriff. You look so nice and so sexy. I love it!
“Domo Arigató”, le contesté.
Se carcajeó. Me miró los ojos con intensidad, los suyos le brillaron, entreabrió los labios, chasqueó los dedos, la bartander dijo “Yes?”. Yakulita pidió una gin-and-tonic. Cuando se la sirvieron pagó, sorbió el trago lo retuvo en la boca, me agarró por los cachetes, me atrajo hacia ella, pegó sus labios a los míos, pasó el licor a mi boca, me hizo tragar, intensificó el beso y…
“¡Plinio: regresa ya mismo al barco!”, me ordenó Iannis. Lo gritó a todo pulmón.
Me desprendí de Yakulita, miré al capitán Iannis, quien lucía colérico. Charly, por el contrario me miraba divertido. Me puse el sombrero, miré a Yakulita en señal de despedida, quien con su mano derecha de 28 años acarició mi cachete izquierdo de 27; antes de salir observé de reojo a Iannis, temeroso de sus represalias y por último a Yakulita, con la con la certeza de que casi casi, ya tenía una novia japonesa en el Puerto de Aioi y en el bar “La Pulga Erótica.
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Próxima: De Barranquilla a Honolulu, huyendo de una flaca del Valle de Upar
domingo, 2 de noviembre de 2008
PAJAROS
Vuelos II
Pájaro en devenir de nidos
Zigzaguea espejeando la pleamar
El viento y las nubes
Bosque perfecto
Oquedades granate me esconden
Río a carcajadas ante la necedad humana
La que imitara aquella pájara
Aturdida de saudades
Buscando el plan maestro
Para explicarse la vida
Plumas mustias en alas mal tratadas
Señalan que los años pasan
Quintaesencia de mi canto es mi silencio
La cúpula me regala el avistamiento del mundo
Pequeño es el norte y diminuto el sur
Las cuatro estaciones lustran mis plumas
Hoy emprendo vuelo vestido de cardenal
En mi maleta va también mi ajuar de zenzontle
Una boda me espera
En el bosque tupido en un recodo del sur
El sol alborota pájaras
Las hay de bajo pedigree y mucho realengo
Metro humano para medir sus artificios
También llevo mi atuendo de mirlo
Mirlas abundan en las copas de los cedros
En ese bosque adyacente al guitarrero llano
“Soy pájaro que piensa
Para pensar en ti”, dije aquella vez a aquella pájara
La pájara se divertía en un “party” con gorriones,
Colibríes, turpiales, cucaracheros, canarios, aguilichos,
Gavilanes, palomos, tucanes y pájaros carpinteros.
Ella era la única pájara.
Fue que hubo un sueño. Sueño de pájaros.
De pájaro y pájara para ser más exactos.
Un afán para ver accionar al viento
Redujo aquel ingenuo anhelo a su mínima posibilidad
Finalmente lo difuminó
El pájaro cambió de ojos
La pájara unicamente algunas plumas
La ansiedad agazapada tras su sonrisa
Sigue siendo la misma
Pájaro en devenir de nidos
Zigzaguea espejeando la pleamar
El viento y las nubes
Bosque perfecto
Oquedades granate me esconden
Río a carcajadas ante la necedad humana
La que imitara aquella pájara
Aturdida de saudades
Buscando el plan maestro
Para explicarse la vida
Plumas mustias en alas mal tratadas
Señalan que los años pasan
Quintaesencia de mi canto es mi silencio
La cúpula me regala el avistamiento del mundo
Pequeño es el norte y diminuto el sur
Las cuatro estaciones lustran mis plumas
Hoy emprendo vuelo vestido de cardenal
En mi maleta va también mi ajuar de zenzontle
Una boda me espera
En el bosque tupido en un recodo del sur
El sol alborota pájaras
Las hay de bajo pedigree y mucho realengo
Metro humano para medir sus artificios
También llevo mi atuendo de mirlo
Mirlas abundan en las copas de los cedros
En ese bosque adyacente al guitarrero llano
“Soy pájaro que piensa
Para pensar en ti”, dije aquella vez a aquella pájara
La pájara se divertía en un “party” con gorriones,
Colibríes, turpiales, cucaracheros, canarios, aguilichos,
Gavilanes, palomos, tucanes y pájaros carpinteros.
Ella era la única pájara.
Fue que hubo un sueño. Sueño de pájaros.
De pájaro y pájara para ser más exactos.
Un afán para ver accionar al viento
Redujo aquel ingenuo anhelo a su mínima posibilidad
Finalmente lo difuminó
El pájaro cambió de ojos
La pájara unicamente algunas plumas
La ansiedad agazapada tras su sonrisa
Sigue siendo la misma
sábado, 1 de noviembre de 2008
Pájaros
Vuelos
El mar que nos separa se ha expandido
pero el sol nos alumbra a igual hora
mis trinos señalan el sendero del regreso
la bifurcación frente a mí
erupciona saudades
mas debo elegir entre pasado y presente
y mis alas planean
raudas
la fresquísima certeza del futuro
Desplumada te he visto pájara
y como ausente
aquella alegría que era tu canto
Oh cuánto me alarma
el brillo obnubilante de tus triunfos
esa colección de nidos
de rama en rama
por frondas de fugaz verdor
y breñales en pleno azote del verano
Tu canto de hoy pájara
no es gemido gutural que asuste
como la enunciación de algún mal sueño
y lo celebro
hay sí gorjeos
como tañidos de una campana rota
como si hubieses perdido la gracia del sol
en tu antaño canto iluminado
Canto y no te canto, pájara;
sin que haya pájara yo canto
pájaro libre soy
los vientos que me acunan
han sido tejidos con hilar áureo
un bien ganado por la gracia de la espera
Pájaros sabios entonan su canto general
y la noche nicho de estrellas
pacifica el tremor relente del dolor
si se ha ido la pájara
El mar que nos separa se ha expandido
pero el sol nos alumbra a igual hora
mis trinos señalan el sendero del regreso
la bifurcación frente a mí
erupciona saudades
mas debo elegir entre pasado y presente
y mis alas planean
raudas
la fresquísima certeza del futuro
Desplumada te he visto pájara
y como ausente
aquella alegría que era tu canto
Oh cuánto me alarma
el brillo obnubilante de tus triunfos
esa colección de nidos
de rama en rama
por frondas de fugaz verdor
y breñales en pleno azote del verano
Tu canto de hoy pájara
no es gemido gutural que asuste
como la enunciación de algún mal sueño
y lo celebro
hay sí gorjeos
como tañidos de una campana rota
como si hubieses perdido la gracia del sol
en tu antaño canto iluminado
Canto y no te canto, pájara;
sin que haya pájara yo canto
pájaro libre soy
los vientos que me acunan
han sido tejidos con hilar áureo
un bien ganado por la gracia de la espera
Pájaros sabios entonan su canto general
y la noche nicho de estrellas
pacifica el tremor relente del dolor
si se ha ido la pájara
domingo, 30 de marzo de 2008
Tus ojos en el agua
He caminado por las orillas de tu recuerdo
Buscando sombras de sueños sin memoria
Perros de presa ladran en mi corazón
Al recordarte
No es usual que mire tus ojos en el agua
Cuando charcos atraviesan mis zapatos
En estos días de lluvia mesurada
He mirado tus pupilas en la luna
El hilo de las horas teje mi memoria cuando miro el cielo
Aquel cielo agreste transformado
En valle de fulgor turquesa donde se refugiaban nuestros sueños
Era el hechizo del amor bebiéndonos
Aquella vez, que nos amamos
Y de lo que hoy te acuerdas, y yo también
...Tú allá y yo acá
Viviendo lo que hoy somos:
La negación irreductible de lo que un día quisimos.
Poema de Plinio Garrido
Derechos reservados Marzo 30/2008
sábado, 22 de marzo de 2008
ANY, LOS GIROS PERMANENTES DE LA VIDA... Y YAKULITA
Pese a la tragedia que enfrenta, el semblante de Any refleja una bien administrada serenidad. Habla pausadamente pero con seguridad y convicción. La veo en los 30 años de edad o alguito menos. Es delgada. Esbelta. Y viste con una sencillez elegante. Su rostro trigueño, ovalado, sus ojos almendrados color miel y sus labios carnosos y el carmesí atenuado del rouge enmarcan una dulzura de falsa aspereza.
Cuando nos tropezamos, ella, justo hacia una conversión hacia su derecha en tanto hurgaba en su pequeño bolso de piel de saurio, sin duda imitación y con el sello de "Made in China", como son casi todas las cosas que el común de la gente usa y consume en Estados Unidos y en algunas otras esquinas del mundo.
Yo, caminaba a paso casi inconsciente en tanto hojeaba una revista literaria de excelente factura por su contenido y la simplicidad de su formato, rara avis en este entorno saturado de impresos desbordantes con avisos comerciales ofreciendo tantas cosas innecesarias como contaminantes de nuestro apaleado planeta. Productos que, para colmo, la gente sí compra, usa poco o nunca utiliza y luego tira a la basura.
—Excuse me… musitó. No sé si apenada, molesta o sorprendida.
—I'm so sorry, young lady, me disculpé y la miré buscando empatía en su mirada.
Se le cayó el bolso. Me agaché, lo tomé y se lo entregué. Expresó un "Thank you so much". Movió una pierna y sin quererlo puso la punta del tacón de sus zapato sobre el empeine rebelde en un dedo de mi pie. La pisada, sin duda, se reflejó en mi rostro, pues Any osciló entre reír o apenarse. Sonreí. Se animó y me imitó. Se le cayó una bolsita plástica transparente con su lápiz labial y otros elementos del maquillaje femenino de calle. Lo recogí y se lo entregué. Esta vez se carcajeó casi alegre, como burlándose de sí misma. Guardó la bolsa, cerró el bolso, me extendió la mano y dijo:
—My name is Any Watanabe. Me confirmó que era originaria de Japón, pero que se había criado en Argentina., en la Provincia de Formosa.
Le dije mi nombre, señalé mi nacionalidad y empezamos a hablar en español. Supe entonces que iba a vistar a su padre, víctima de cáncer en el páncreas que ya había hecho metástasis, por lo que su tiempo de vida, en la cortedad, era incierto. Me habló de esa parte de Argentina donde vivió algo de su niñez y mucho de su juventud hasta el traslado de la familia a Nueva York.
Dijo que trabajaba en la industria de los alimentos. Le informé que yo también. "Nutrición", especifiqué. Le confesé que me recordaba a mis dos hijas, Ninoska y Tibisay. Sonrió con agradabilidad e hizo un gesto de agradecimiento.
Le pregunté si podía acompañarla hasta la habitación de su padre y asintió con la cabeza. El ascensor estaba repleto de usuarios. A excepción de los autollamados caucásicos, sin duda el resto de etnias y sus mezclas viajaban en el enormísimo cubo transportador. Todos silenciosos y la mayoría con marcada gravedad —o adustez— en sus rostros.
Le pregunté si podía acompañarla hasta la habitación de su padre y asintió con la cabeza. El ascensor estaba repleto de usuarios. A excepción de los autollamados caucásicos, sin duda el resto de etnias y sus mezclas viajaban en el enormísimo cubo transportador. Todos silenciosos y la mayoría con marcada gravedad —o adustez— en sus rostros.
El padre de Any me saludó con un "Hi!" que denotaba su debilidad. Miró a su hija y se le iluminó el rostro. Fue como un aúrea que empezó a fluir de sus ojos para ir desparramándose por su semblante hasta pintárselo de alegría y de una vitalidad de recta final. Me senté en una silla y me puse a hojear la revista literaria. Reflexioné que nada hacía allí. Me levanté, di mi tarjeta personal a Any y le dije que me llamara si así lo consideraba. Me despidió con la característica y reverencial gestualidad nipona. Su padre esbozó una casi imperceptible sonrisa a modo a despedida.
Camino a casa llegó a mi mente la imagen de Yakulita... allá en Aioi. A quien dejé de ver un día de febrero de 1981, pero cuya remembranza subrepticia, inopinada, en muchas ocasiones genera en mí cierto aturdimiento, una sensación indefinible que casi roza la ansiedad ...por lo que me dijo. O más bien me sugirió.
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